¿QUIÉN ES ABOGADO?

 

Por: Abogada Adriana María González Mazo / Directora

 

 Abogado: “En latín se llamaba advocatus… a quien se requería para asesorar en los asuntos judiciales o, también, para actuar en ellos. Abogar equivalía a defender en juicio a una persona por escrito o de palabra, o interceder por alguien hablando en su favor”. (Tomado del diccionario de ciencias jurídicas políticas y sociales, ed. Heliasta, Manuel Ossorio, pág. 23, edición 31ª 2005).

“El abogado es el profesional que ejerce la defensa jurídica en un juicio, así como los procesos judiciales y administrativos ocasionados o sufridos por ella. Además, asesora y da consejo en materias jurídicas. Los abogados son profesionales con conocimientos en diversas áreas de la legislación (penal, laboral, comercial, administrativa, tributaria, entre otras) y su formación implica conocimientos de historiafilosofíaculturaliteraturaoratoriaeconomíasociologíateleología y política, por lo cual suelen ejercer cargos jerárquicos en la administración del Estado y su gobierno. Pueden orientarse hacia un perfil privado, como asesor y representante de personas naturales y/o jurídicas, o bien tener un perfil público ligado al gobierno y la administración pública. En la mayoría de los ordenamientos de los diversos países, para el ejercicio de esta profesión se requieren estudios universitarios en Derecho —licenciatura en Derecho—, estar inscrito en un colegio de abogados o bien tener una autorización del Estado para ejercer. No solo se necesita conocer el Derecho en términos estrictamente técnicos, sino que también hay que adquirir una serie de competencias que serán necesarias en el ejercicio de la profesión. Se espera que un letrado sepa escuchar a sus clientes, o, por ejemplo, sea eficaz a la hora de redactar un escrito”. (tomado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Abogado)

No hay nada más ajustado a la realidad que las anteriores definiciones, pero, (como siempre un, pero) debemos ser realistas, actualmente ésta hermosa y dignificante labor ha sido vituperada por aquellos personajes a los que no solo les falta amor y decoro por la profesión, sino que se encuentran altamente dotados de deshonestidad, inmoralidad e ignorancia, por lo que se hace estrictamente necesario y supra urgente reivindicarla, pues los que en realidad somos ABOGADOS “participamos de honores que no nos corresponden y de vergüenzas que no nos afectan”[1].

Por ello, hay que acabar con ese desprestigio al que nos han sometido aquellos “tinterillos” quienes a través de sus “leguleyadas[2]” han logrado que pocas personas confíen realmente en nosotros, lo que nos deja en estándares muy bajos en relación con otras profesiones.

Y ¿cómo hacemos para cambiarlo?, ¿realmente se puede?

Claro que se puede, primero, siendo sinceros con los clientes, sin prometerles cosas o resultados aún inestimables con el fin de seducirlos; no se nos puede olvidar que éste oficio es de “medios, no de resultados”, en otras palabras, podemos asegurarle que utilizaremos todo nuestro conocimiento y haremos todo lo que esté a nuestro alcance para lograr un resultado positivo, pero nunca prometerle ganar el pleito (resultado), ya que ello obedece a imponderables que escapan de nuestro control. Segundo, enalteciendo éste bello arte, “fomentando la paciencia sin rayar en la mansedumbre para con el cliente, el respeto sin humillación para con el Tribunal, la cordialidad sin extremos amistosos para con los compañeros, la firmeza sin amor propio para el pensamiento de uno y la consideración sin debilidades para con los demás[3], y por último, capacitándonos, tan importante como lo anterior, y no se trata de ir a cualquier institución o academia que ofrezca “derecho exprés” en tiempos y con pensum risibles, como tampoco, se obliga asistir a los claustros más costosos del país, luego que la calidad de un centro educativo se mide por la calidad del cuerpo docente, la infraestructura física, la dotación, los servicios de acceso y el nivel de credibilidad  que tiene entre los propios estudiantes, egresados y personas afines a la carrera.

Memórese que, aunque muchas universidades oferten la misma carrera, cada institución de educación superior se enfatiza en un área especial, lo que, a la hora de elegir el claustro, cuenta mucho para el futuro profesional, pues no es lo mismo estudiar en una “fundación universitaria de garaje que promueve grados en 3 años” a egresar de una Universidad con el lleno de los requisitos antes mencionados.

Importante tener en cuenta que la experiencia en el hermosísimo ejercicio de la abogacía, da seguridad y confianza a nuestros clientes; así que empieza ya, pero empieza bien.

Un honor servirles.

ADRIANA MARÍA.


[1] El alma de la toga, Ángel Ossorio.

[2] Leguleyo: “Persona que se ocupa de cuestiones legales sin tener los conocimientos o la especialización suficientes” – Diccionario Oxford Languajes. / Leguleyada: “Maniobra o recurso fraudulentos con apariencia de legalidad” Diccionario RAE.

[3] El alma de la toga, Ángel Ossorio.